DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER
QUEREMOS RECORDAR EL PAPEL REIVINDICATIVO DE LAS MUJERES DE GILENA POR UN MUNDO MÁS JUSTO E IGUALITARIO

El 8 de marzo se conmemora la lucha de las mujeres por su participación en la sociedad y su desarrollo íntegro como persona, en pie de igualdad con el hombre.
Desde el ámbito rural, y en concreto en nuestra localidad, el papel desarrollado por las denominadas "Cabras Montesas" fueron fundamentales para la obtención de derechos más igualitarios entre mujeres y hombres en Andalucía.
Eva Chía Luna nos relata ese papel reivindicativo que significó un antes y un después de la mujer en el mundo rural:
CABRAS MONTESAS
"Este es el testimonio de Mª Carmen Luna Gálvez “La Chiquita” y mi madre Dolores Luna Rodríguez “Niña Eulalia” desgraciadamente ya no están entre nosotros, pero estas letras necesarias contando su dura experiencia, una vivencia más de las muchas pruebas a las que la vida sometió a estas mujeres pioneras, que resistieron en aquella lucha con una pujanza indescriptible. Estas dos evidencias, por poner ejemplos concretos, como podían ser el argumento de Margarita, Agustina, Dolores, Pepa,
Concepción, Manuela o Mari Tejada, no quería hacer mención de sus nombres por no caer en la falta de dejarme alguna atrás, pues todos lucharon por igual, aunque cada una como es lógico con una historia familiar diferente.
Haciendo un poquito de memoria, en los años 70 casi ninguna mujer poseía cartilla agrícola, la tenían sus maridos y ellas junto con sus hijos eran beneficiarias para la asistencia médica. Como para trabajar en el campo, mayormente la aceituna, que era ya la única faena agrícola que prácticamente quedaba después de la modernización de la agricultura no la necesitaban, pues no la tenían. Mi abuelo Juan, que era una persona culta y adelantada a su época, le dijo a mi padre -Pepe sácale la cartilla a mi hija- Mi padre argumentaba, que si ya le costaba trabajo cotizar un sello, como iba a pagar dos -Sácale la cartilla, (no se me olvidan aquellas palabras) -Que la seguridad social es el capital de los pobres.
Es por eso que en el año 79, cuando empezaron las labores de Empleo Comunitario, a mi madre en concreto y a las demás compañeras les cogió con la cartilla. Después se la sacaron muchas más, pero en aquellos momentos había ocho o nueve mujeres en Gilena con cartilla agrícola.
Ellas asistían a las asambleas que se convocaban desde el sindicato, desde el SOC, porque habremos de tener en cuenta la ignorancia del común de la gente, de que la mayoría de estas mujeres jornaleras por aquellos entonces no sabían siquiera leer ni escribir. Desde el sindicato les informan y orientan sobre sus derechos y uno de estos era acceder al trabajo en igualdad de condiciones que el hombre, y si el trabajo estaba en los caminos o la sierra y ellas tenían su cartilla agrícola podían ir a trabajar perfectamente.
Una de estas mujeres fue “La Chiquita”, por aquellos entonces su marido estaba de baja y cobraba una paga muy chica, tenían que darle de comer a sus 6 hijos.
Fué al ayuntamiento a pedir trabajo, en aquellos años estaba de alcalde el compañero Juan Antonio Morillas, le dijeron que se fuera a la sierra, y así lo hizo, al día siguiente se presentó en el tajo.
Pero esto no iba a ser tan fácil, porque el entonces encargado de la forestal y de distribuir el trabajo en la sierra, de repoblarla de pinos, José Gallego se llamaba “El Tío de los Pinos” o “El Grajo Negro”, por su indumentaria oscura, y por lo aficionado de los pueblos chicos a poner motes, se le conocía en Gilena a este hombre que se creía el amo y señor de nuestras sierras, de las sierras del pueblo de Gilena. Que además era un machista redomado y franquista por añadidura; le dijo a “La Chiquita” que si no le daba vergüenza estar allí con tantos hombres, ella contestó que trabajar para darle de comer a sus hijos no era vergüenza- Hoy tenemos una señora – agrego con ritintí- A lo que respondió su hermano José Ovillito- una señora que tiene derecho a trabajar como los demás.
El caso es que no le apuntó el peón. Como ella estaba dispuesta a volver al día siguiente, quiso llegar “El Tío de los Pinos” a un acuerdo con el jefe de la Cámara Agraria que era el lugar donde se cobraba el Empleo Comunitario, se pagaban los sellos, etc. Este señor tampoco quería que las mujeres fueran a la sierra. El acuerdo era que le pagaran el sueldo en su casa a “La Chiquita” sin ir a trabajar, a lo que ella no accedió, quería ganarse el jornal con su trabajo, dignamente. Porque lo que en realidad temían era que levantara a las demás que tenían cartilla e igual derecho para poder trabajar.
Así ocurrió en los días posteriores, cuando “El Tío” fue a pasar lista y vio a las mujeres que ya era un grupito que rondaba la decena, le dio un ataque de cojones, les dijo que ese trabajo no era para ellas, que se fueran a su casa que es donde tenían que estar, que no les apuntaba el sueldo, se fueron al pueblo, pero al otro día volvieron a subir y las volvió a echar, siguieron subiendo, luchando y exigiendo el trabajo que por derecho les pertenecía y “El Grajo Negro” siguió acosándolas, insultándolas, las mandaba a hacer hoyos a los tajos más lejos y abruptos a ver si se aburrían, pero ellas no desfallecieron, siguieron duro, demostrando que eran capaces como cualquier hombre de desempeñar ese trabajo.
En honor a los compañeros del sindicato, aunque en estas letras estemos centrados en aquella lucha de la mujer jornalera, habremos de decir que estuvieron apoyándolas siempre, que intentaban aliviarlas en el duro trabajo físico que es hacer hoyos o cavarle los pies a los pinos, ellas no quisieron, no por desagradecidas, sin porque querían demostrar que eran capaces, como lo habían hecho siempre en los duros trabajos del campo, en la siega, en la recogida del algodón o en la aceituna, demostrar que podían ganarse su sueldo con dignidad con el sudor de su frente, pero ellos estaban ahí, lo mismo que estuvo el SOC.
Ahí no queda la cosa, cuando estas mujeres tomaron esa iniciativa fueron criticadas, todavía quedaban en el pueblo algunos caciques que no se resignaban a aceptar que ya no vivíamos bajo una dictadura, que había libertad, democracia, que los trabajadores y trabajadoras tenían derechos, que ya no podían seguir manejando a los jornaleros a su antojo, como habían hecho siempre. Pero les podía la soberbia. Se burlaban de ellas, les llamaban cabras montesas, bandoleras. Incluso las criticaban otras mujeres que luego las siguieron, se sacaron la cartilla y a la sierra, ya estaba el camino allanado, nunca mejor dicho, pero bueno en la vida todas las cosas son así, primero nos escandalizamos con lo novedoso y luego lo
secundamos.
Quiero hacer hincapié que ante todo estas mujeres van a trabajar a la sierra, o a las cunetas aún sabiendo que van a ser tildadas, juzgadas y sentenciadas, con la firme convicción de que lo hacen para darle de comer a sus hijos. Y eso es en una palabra, necesidad.
Muchas de estas mujeres no solo fueron pioneras un poco sin saberlo siquiera en la lucha por la igualdad de género en el ámbito laboral, sino que además participan activamente, aunque solapadas, desde que se funda el SOC, en asambleas, manifestaciones, encierros y marchas; a pesar de lo mal visto que estaban estos movimientos sociales en estos pueblos donde todavía existía esa mentalidad retrograda, recriminatoria, alimentada sin lugar a dudas por los rescoldos de la dictadura que aun humeaban fehacientemente.
Recuerdo de niña a mi madre y a “La Chiquita”, del brazo, así un poco escondiéndose, cuando iban a las asambleas, como si estuvieran haciendo algo malo, pero ellas iban porque querían enterarse de sus derechos, -vamos que hoy viene Paco Casero o Diamantino, que bien se explican, algo se nos pegara de lo que dicen,- porque en realidad tenían afán de aprender y de superarse como personas y como mujeres y recuerdo a mi abuela, con su luto perpetuo, asustada, que les decía decaito- Tened cuidaito, no señalarse, no os vallan a pelar, como en aquellos años,- y recuerdo también a las señoritingas melindrosas, las de comunión diaria, que decían que ir a esas cosas estaba muy feo, que era de gente baja, las mismas que les negaban el pan y después se daban palmaditas en el pecho.
Es que existía indudablemente, miedo, justificado porque muchas de estas mujeres descendían de aquellas rojas que fueron peladas, purgadas y exhibidas en la plaza del pueblo como escarnio público durante la represión franquista, mientras que desgraciadamente, los hombres republicanos, caían en el frente, huían o eran fusilados impunemente, las mujeres permanecía en los pueblos, a cargo de sus familiares, en la más absoluta de las miserias y sabiéndose humilladas.
Es con este simbólico ejemplo de lucha, de una más de tantas batallas perdidas a veces, a veces ganadas, hacer un humilde reconocimiento en definitiva a todas las mujeres jornaleras y luchadoras, a las olvidadas, a las anónimas, las que no tienen una calle, ni una plaza con su nombre, jornaleras, a las que nadie les entregará nunca la medalla de Andalucía, porque no son artistas, ni científicas, ni poseen títulos nobiliarios, que les haga merecedoras de esos honores, porque a ellas nadie les pregunto un día ¿Qué querían ser en la vida?- su destino estaba ya predestinado, trabajar como mulas desde niñas, en el campo, sirviendo, en la casa y cuidando de su familia, casarse, tener hijos, trabajar y trabajar, aun así muchas de ellas aprendieron autodidácticamente a hacer otras cosas que les gustaba en la Escuela de la vida que les tocó vivir".
